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LAS CONDICIONES PARA CONSIDERAR QUE EXISTE VIDA EXTRATERRESTRE

Los científicos han indagado mucho sobre la habitabilidad de la Tierra: ¿qué es lo que ha hecho de este planeta merecedor del privilegio de albergar la única vida en millones de kilómetros a la redonda? El empeño estandarizado de la biología nos ha permitido establecer algunas leyes mínimas de habitabilidad que podríamos aplicar a cualquier otro tipo de diversidad biológica que se nos antojara (siempre dentro de los límites que impone nuestro parco conocimiento sobre otras modalidades de vida que ni siquiera podríamos llegar a imaginar y que, no por ello, son menos probables). Sobre estos fundamentos, ocurre que la única condición imprescindible para que se produzca algún tipo de vida es que exista una fuente de energía.







Podemos imaginar seres extraterrestres alimentados por cualquier tipo de sustancia, que utilicen la luz de una estrella para realizar funciones fotosintéticas, que metabolicen gases ácidos de la atmósfera de su planeta, que vivan en las profundidades de la roca soportando presiones imposibles, que respiren oxígeno o que no realicen ningún tipo de respiración. Podemos pensar que esos bichos sean gigantescos animales aferrados al suelo del que extraen minerales y nutrientes o pequeños y veloces organismos que fagocitan los productos químicos del aire. Podemos darles una reproducción sexual o creer que se reproducen por autoclonación en virtud de las condiciones de estrés del ambiente. Prácticamente todas esas posibilidades tienen su par en algún tipo de vida de nuestro planeta. Lo que se antoja absolutamente imposible es generar un modelo de vida carente de una fuente de energía que lo alimente. Sea ésta cual fuere (calor, luz, movimiento, reacción química, electricidad, reacción atómica...) Por eso, un planeta digno de albergar vida debe ser aquel que sea capaz de generar suficiente energía para alimentarla. De momento, la mejor fuente de energía conocida, la más potente, espontánea e inagotable es la luz y el calor de una estrella, en nuestro caso, el Sol.

Fuente original: La Razón (España)

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